El pasado martes 22 de octubre de 2024, los docentes que integran el equipo PRAES, convocaron a estudiantes, demás docentes y directivos, en el patio central de nuestra Institución Educativa, con el propósito de celebrar el día del árbol, también la interculturalidad. Las cuatro semanas previas al evento el equipo venía pensando en una actividad que diera cuenta de la esencia del proyecto, por un lado la visión holística que se ha venido trabajando durante el año en curso mediante la implementación de una metodología de sistemas blandos, y la orientación del maestro Carlos Alberto Ossa; por otro lado, la intención de promover una cultura ambiental en la comunidad educativa en general.

En este sentido, luego de escuchar las propuestas de las docentes que integran el equipo se acordó realizar 5 actividades que convergerían en un mismo espacio. Inicialmente resaltaríamos la riqueza cultural del mundo con el desfile de los grados sextos. Cada grupo sería movido por la docente María Cristina Torres a investigar aspectos relevantes de las culturas, o rasgos culturales más sobresalientes, de los diferentes continentes. Durante el evento saldrían comitivas con información en carteleras y atuendos típicos de cada cultura, al tiempo que un estudiante leería un informe breve de manera oral, con música de fondo también representativa. Terminada la presentación el grupo completo haría un círculo amplio en el patio, dentro del cual se desarrollaría la actividad.
Luego pondríamos la lupa en el país, con el tema “La invitación”, interpretado por Jorge Celedón y Jimmy Zambrano, el grado séptimo C bailaría para mostrar la riqueza cultural de las regiones colombianas, esto bajo la dirección de las docentes Xiomara Barreto y Nathalia Giraldo. Al finalizar formarían un segundo círculo, en cuyo interior tendría lugar una ultima representación: “Raíces de Vida”, a cargo de la docente Johanna Giraldo y los estudiantes de noveno B. Esta última con el mensaje sugestivo de que, a pesar de las diferencias hay algo en común para cada ser viviente de este planeta, la dependencia directa o indirecta a la naturaleza, a los bosques, al árbol.
Terminada la representación, un tercer círculo se formaría en el centro y todos tomados de la mano harían una reverencia al árbol, a las raíces de la vida. Acto seguido y manteniendo esta organización sonaría un podcast realizado por la docente Gloria Inés Mejía con el título “El árbol sabio y los frutos del conocimiento”. Este acto y unas palabras reflexivas darían cierre a la actividad.

No obstante, como se dijo antes, fueron cinco las actividades presupuestadas, la quinta o más bien la primera en la secuencia temporal del evento, sería una reflexión a cargo del docente Mauro Rincón sobre las culturas vivas de nuestro país, y la importancia de conocer, escuchar y valorar esas diferentes voces y cosmovisiones de pueblos que, merecen ser incluidos en la construcción democrática de país. A continuación se comparte el texto completo.
Culturas vivas, por Mauro Alejandro Rincón Bernal.
Queridos estudiantes, docentes y demás miembros de nuestra comunidad educativa,
Hoy nos reunimos en un espacio que tiene como propósito honrar la diversidad y riqueza de nuestras culturas, así como la relación fundamental de todas ellas con los bosques. Pero también es un día para reflexionar sobre aquellas voces que, a pesar de su sabiduría ancestral y su invaluable aporte a nuestra sociedad, han sido invisibilizadas y marginadas por siglos. Me refiero a las culturas vivas que laten en lo profundo de nuestro territorio colombiano.
Bien al sur por ejemplo, en el corazón de la selva amazónica, sobreviven los Uitoto y los Tikuna, quienes tienen una fuerte conexión espiritual con los ríos y viven en la sencillez más absoluta y admirable, desprendidos de cualquier comodidad y ambición mundana, que en cambio resulta tan común y a veces trascendental en el desarrollo de nuestras vidas.
Empezamos a subir hacia los departamentos de Cauca y Huila para pronto encontrarnos con los pueblos Nasa y Misak, por nombrar algunos, con otra lengua, otros dioses y otra visión del mundo, tan válida, tan rica en expresiones como lo puede ser la nuestra. Llegamos al centro-occidente del país para ver a la cara de los Embera, a la cara y no por encima del hombro como solemos mirarlos cuando nos ofrecen su arte en los andenes de la atribulada ciudad, o cuando uno de sus niños se acerca, casi musitando en un rudimentario español, para pedir que le regalemos que comer.
Si estando ya en las inmediaciones de la cordillera occidental decidimos seguir bajando por el flanco que apunta al occidente hasta el océano, será imposible no dejarnos contagiar de la alegría y el sabor de las comunidades negras del pacífico. Si por el contrario tomamos camino hacía el nororiente del país (Boyacá, Santander, Norte de Santander y Casanare) nos enteraremos de la existencia de los U´wa. Más al norte los palenques y los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta (Koguis, Arhuacos, entre otros) hasta la Guajira donde veremos a los Wuayuu, quienes a pesar de las adversidades, luchan cada día por mantener su identidad, su dignidad y su derecho a existir.
¿Son comunes todos los nombres que mencioné? ¿conocemos la idiosincrasia de estos pueblos, su visión del mundo?. Probablemente no, y nos pasa a todos. Históricamente nos hemos mantenido al margen, hemos heredado el desprecio y la desconfianza por lo diferente; consciente o inconscientemente hemos adoptado ciertos patrones culturales que favorecen el consumo y la explotación de recursos, y hemos obviado otros que salvaguardan la relación con la naturaleza.
Es fácil además, en nuestra vida cotidiana, ignorar lo que no está frente a nuestros ojos. Pero ¿qué pasa con aquellos que están allí, en silencio, esperando ser reconocidos? Aunque son muchos y apenas algunos los que mencionamos, quisiera detenerme un poco más en el pueblo Embera. No se piense que solo habitan losandenes y los puentes, o deambulan por las calles sin un rumbo fijo al parecer, también ocupan recovecos escondidos y llenos de vida de las cordilleras central y occidental.
Desafortunadamente, todas las familias Embera, desde Nariño hasta la costa Caribe en Córdoba, están ubicadas en zonas montañosas que han sido estratégicamente usadas para establecer las rutas del narcotráfico y financiar el conflicto armado, provocando desplazamientos forzados e incontables asesinatos. Si bien la Constitución reconoce el derecho de los pueblos indígenas a la autodeterminación, que es la capacidad de decidir sobre su destino político, cultural, espiritual, social y económico, la verdad es que no se ha logrado evitar los episodios de violencia mencionados y estás comunidades han quedado restringidas en la figura de resguardo, extensiones de tierra reducidas en las que deben sobrevivir, estos hombres y mujeres recolectores y cazadores por naturaleza, dando como resultado la alteración de las dinámicas propias de su cultura y la forma como se relacionan
con el entorno.
De acuerdo con la Mesa Indígena del Chocó, 250 indígenas se han quitado la vida entre 2019 y 2023 en este departamento, 100 más lo han intentado. Los pueblos Embera, según una investigación hecha por el medio de comunicación regional La Cola de Rata, sienten que han sido cercados al punto de perder la posibilidad de ir a cazar o pescar con tranquilidad, sus jóvenes han sido condenados a la informalidad y múltiples formas de esclavitud moderna, provocando que los jais malos como el jaiperani, el jai tontina o jai wamia ataquen generando miedo, aburrimiento y hasta la muerte a mano propia. Los jais son esencias o espíritus que afectan el ánimo y la salud del Embera, de acuerdo a su cosmogonía.
Como los Embera los Misak, y como los Misak tantos pueblos indígenas nos enseñan que la tierra no nos pertenece; somos nosotros quienes le pertenecemos. Su idioma, su música, sus colores, todo lo que conforma su identidad está ligado a un entendimiento del mundo que nosotros hemos perdido.
Ellos no miden su riqueza solamente en dinero, sino en la capacidad de cuidar lo que se les ha dado, en la posibilidad de transmitir sus enseñanzas a las generaciones futuras. Y cuando esas enseñanzas son ignoradas, cuando sus territorios son explotados o sus costumbres son vistas como «atrasadas», se pierde mucho más que una cultura. Perdemos una parte esencial de lo que significa ser humano.
Hoy quiero invitarlos a pensar en lo que esto significa para nosotros. Nosotros, que a menudo nos movemos tan rápido por la vida que olvidamos lo esencial. Nosotros, que a veces damos por sentado que las culturas indígenas son solo parte del pasado o un objeto de estudio, cuando en realidad están tan vivas como cualquiera de nosotros. Hoy, más que nunca, necesitamos detenernos y preguntarnos: ¿Qué tipo de sociedad queremos? ¿Una sociedad que abraza su diversidad, que aprende de sus pueblos ancestrales y les da el lugar que merecen? ¿O una sociedad que continúa dándoles la espalda, que les niega el derecho a estar aquí?
Piensen en esto por un momento. Imaginen ser parte de una cultura que durante siglos ha luchado por su lugar en el mundo, solo para ser relegada al olvido. Imaginen cómo se sentiría saber que nuestro idioma, nuestras tradiciones, todo lo que nos hace ser quienes somos y está conectado con lo más profundo de nuestro ser, es considerado irrelevante, superfluo, incluso motivo de vergüenza. Les voy a contestar porque lo he visto, nos sentiríamos llenos de complejos e inseguridades, dispuestos a negar nuestras raíces con tal de encajar, como tantos jóvenes Embera que llegan a la ciudad en busca de oportunidades.
Sea esta la ocasión entonces para resaltar la fuerza de aquellas culturas que se resisten a la muerte y, a pesar de todo, siguen adelante, luchando por un lugar en el mundo. El reconocimiento de estas culturas no es solo un acto de justicia, es un acto de humanidad. Al reconocer a los Embera, a los Misak, y a tantos otros pueblos invisibilizados, nos reconocemos a nosotros mismos. Reconocemos que nuestra riqueza no está solo en el progreso material, sino en la diversidad de voces, en la sabiduría ancestral, en la capacidad de convivir con la naturaleza y con nosotros mismos de manera respetuosa y armónica.
En conclusión, el propósito de este mensaje no es pedir que nos identifiquemos como indígenas, ni hacer una exaltación nostálgica de nuestras raíces, mucho menos mirar con lástima a estos pueblos. Se trata de llamar la atención sobre un punto fundamental: el reconocimiento a la diversidad. Reconocer al otro como un legítimo otro, a validar sus ideas y sus opiniones aunque sean diferentes a las mías, solo así será posible el diálogo. Al final del día, cuando todas las voces sean escuchadas, habremos construido un país verdaderamente diverso, un país verdaderamente justo, en el que podamos decir “soy porque somos”.
Gracias.
Agradecemos a toda la comunidad educativa por su vinculaciòn a este evento.